
Clint Eastwood lleva haciendo de Clint Eastwood más o menos toda la vida. Igual que Schwarzenegger, Charlton Heston o John Wayne con la diferencia fundamental de que Clint no es tonto. De ahí su currículo de director, en el cual no obstante tampoco deja de hacer de Clint.
Digamos que el tipo se aprendió bien su papel hace dos o trescientos años y ha comprendido mejor aún cómo funciona esto del cine o mejor dicho, su cine, el cine de masas y héroe homérico de-toda-la-vida-de-dios que, en general, tiene que matar a los malos y defender a los buenos. Lo suyo ha estado siempre en el vientre de la máquina imperial de fabricar películas con recadito, el cine “pedagógico” del jefe-de-todo-esto, el cine que iguala las tierras vascas y la península de Punt porque en ambos sitios cualquier niño jugará a matar vietnamitas, espías rusos, indios o terroristas chiitas. El arte al servicio del rey, el arte-herramienta que conocemos exactamente desde la primera estela mesopotámica, desde que el mundo es mundo.
Así que el bueno de Clint coge su arsenal casero y utiliza el plomo, el grano gordo y la artillería pesada como fuego amigo, para “educar”, como siempre, salvo que ahora “los amarillos” y los indios no son necesariamente los malos. Y el tipo utiliza ni más ni menos que su propia caricatura, su Harry El Sucio de la última glaciación desempolvado para salir a patear algunos culos más. El tipo calza setenta y ocho primaveras como setenta y ocho soles ¡y se lía mamporrazos! en planos de acción de verdad. Ofrezco ya mi más emocionado voto para la Medalla al Mérito Gerontológico Internacional. Lo suyo es absolutamente increíble, es el yayo más chulazo del barrio.
El caso es que metido en esa harina Gran Torino es una película pequeña, de pocos actores y poco presupuesto (medido en jolibudólares, claro) de una eficacia pasmosa, y de una gracia fresca, juguetona, casi juvenil que hace que todo se deslice con una alegría envidiable por cualquier superproducción palomitera. De hecho, el público diana sigue siendo el mismo de siempre, el de la cosa gruesa, ávido de malos a los que odiar y vengadores a los que no se les mueve el flequillo, pero ahora incorpora además a ese otro público menos complaciente, más lento desenfundando el colt, ese que dice que quiere ver cine. Y hay para todos.
Clint no es Schopenhauer ni Bergman como insinúan algunos deslumbrados admiradores del otoñal pistolero, y Gran Torino sigue siendo una película moralista y maniquea, sin embargo maneja gozosamente unas pocas, sencillas y muy contundentes reflexiones sentimentales sobre la vejez, la exclusión, la violencia y, en fin, cosas de un sheriff con más conchas que un galápago. Y qué coño, que ahora es de los buenos.
ARM
Digamos que el tipo se aprendió bien su papel hace dos o trescientos años y ha comprendido mejor aún cómo funciona esto del cine o mejor dicho, su cine, el cine de masas y héroe homérico de-toda-la-vida-de-dios que, en general, tiene que matar a los malos y defender a los buenos. Lo suyo ha estado siempre en el vientre de la máquina imperial de fabricar películas con recadito, el cine “pedagógico” del jefe-de-todo-esto, el cine que iguala las tierras vascas y la península de Punt porque en ambos sitios cualquier niño jugará a matar vietnamitas, espías rusos, indios o terroristas chiitas. El arte al servicio del rey, el arte-herramienta que conocemos exactamente desde la primera estela mesopotámica, desde que el mundo es mundo.
Así que el bueno de Clint coge su arsenal casero y utiliza el plomo, el grano gordo y la artillería pesada como fuego amigo, para “educar”, como siempre, salvo que ahora “los amarillos” y los indios no son necesariamente los malos. Y el tipo utiliza ni más ni menos que su propia caricatura, su Harry El Sucio de la última glaciación desempolvado para salir a patear algunos culos más. El tipo calza setenta y ocho primaveras como setenta y ocho soles ¡y se lía mamporrazos! en planos de acción de verdad. Ofrezco ya mi más emocionado voto para la Medalla al Mérito Gerontológico Internacional. Lo suyo es absolutamente increíble, es el yayo más chulazo del barrio.
El caso es que metido en esa harina Gran Torino es una película pequeña, de pocos actores y poco presupuesto (medido en jolibudólares, claro) de una eficacia pasmosa, y de una gracia fresca, juguetona, casi juvenil que hace que todo se deslice con una alegría envidiable por cualquier superproducción palomitera. De hecho, el público diana sigue siendo el mismo de siempre, el de la cosa gruesa, ávido de malos a los que odiar y vengadores a los que no se les mueve el flequillo, pero ahora incorpora además a ese otro público menos complaciente, más lento desenfundando el colt, ese que dice que quiere ver cine. Y hay para todos.
Clint no es Schopenhauer ni Bergman como insinúan algunos deslumbrados admiradores del otoñal pistolero, y Gran Torino sigue siendo una película moralista y maniquea, sin embargo maneja gozosamente unas pocas, sencillas y muy contundentes reflexiones sentimentales sobre la vejez, la exclusión, la violencia y, en fin, cosas de un sheriff con más conchas que un galápago. Y qué coño, que ahora es de los buenos.
ARM
4 comentarios:
Muy buena crítica. Es así.
El final, también era el único final coherente con él, pero ese no se cuenta...
Muy buena crítica. Es así.
El final, también era el único final coherente con él, pero ese no se cuenta...
Claro que no se cuenta cómo al final resulta que todos eran extraterrestres de Murcia y se lo llevan en una nave nodriza justo cuando iba a reconocer que había sido sometido a dos operaciones de cambio de sexo, y que antes se llamaba Lucía. Claro, por si alguien no la ha visto...
ARM
Si señor buena critica de harry el sucio...:)
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