Es bueno que haya diferentes maneras de entender el teatro. Como hay diferentes tipos de música, de pintura, etc. Sobre gustos...
Al comenzar la función en el Teatro La Latina, el escenario está completamente a oscuras y dos actores se lanzan una bola verde fluorescente (lo único que ve el público) mientras conversan. Es un comienzo prometedor. Es un comienzo que invita a estirar el cuello y a abrir bien los ojos y los oídos con la esperanza de que las propuestas de este teatro (por fin) sean acordes con el siglo en que vivimos. Pero todo es un espejismo. Se encienden las luces, desaparece la bola mágica y volvemos a los años cincuenta.

Es una pena, porque hay atisbos de un cierto intento de -sin dejar de ser una función para todos los públicos, un teatro fácil de ver, sin más pretensión que divertir al público- un intento, digo, de modernizar el estilo del montaje. Lo malo es que se queda en tierra de nadie. No se lanzan a la piscina, no se atreven a romper definitivamente con el público de más de sesenta años, cuando muchas (quizá la mayoría) de las personas que ocupaban las butacas no han vivido ni un solo año bajo la Dictadura.
Todo se queda a medias. Se adapta una obra de 1895 a la actualidad (un acierto), pero no a hoy, más bien a los ochenta. Nada nos hace pensar que no sea España la sociedad que representa, sin embargo, los nombres de los protagonistas siguen siendo los originales en inglés. La puesta en escena es sencilla, pero, lo poco que hay, molesta: ¿por qué los pepinillos son imaginarios y los palos de golf no?, ¿de qué sirve la moderna tarima que ocupa el escenario? En definitiva, es un montaje clásico con detalles modernos, minimalista al tiempo que recargado, un desconcierto absoluto.
Hay momentos de humor sarcástico, inteligente, pero no dejan de caer en la tentación del chiste fácil, del humor de las películas de Ozores y de Lina Morgan. Claro que, como ya he dicho, sobre gustos... Pero quiero pensar que el público actual se merece algo más. Que ya hemos superado esa famosa frase de "buenas piernas, digo... buenas tardes".
Con las interpretaciones ocurre lo mismo: más de la mitad se quedan en el camino. Es una montaje que invita a que los actores caricaturicen a sus personajes para mayor divertimento del público. Pero sólo dos actrices han intuido de forma clara esa ruta y la toman con todas sus consecuencias: Ana Cerdeiriña y Carmen Morales. Sin duda, las escenas que comparten son las más divertidas. El resto del reparto parece que tiene reparos en ridiculizar a sus personajes, a jugar, a divertirse y divertir al público (del todo, no a medias). Y, al final, se queda en ni chicha ni limoná. Parece, por ejemplo, como si Daniel Muriel no pudiera decepcionar a esas fans que, a la salida del teatro, comentan el tiempo que no le veían, desde la tele, y que está tan guapo como en
Escenas de matrimonio y, claro, quedarían defraudadas si no hace del prototípico galán. Es una pena, porque intuyo que se podría sacar bastante más de estos actores. Aunque quizá esté equivocado.
FRANK
Rumor: parece que el pasado viernes 17 se colgó el cartel de "no hay localidades", pero ¿no estarían representando en otra ciudad, quizá en una de Castilla-La Mancha?