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Un hombre de mediana edad se encuentra inmerso en una depresión. Podría ir al psicólogo, darse al alcohol o unirse a una secta religiosa. Pero lo que hace es imaginarse a su ídolo futbolístico, Eric Cantoná, lanzando consejos para agarrar las riendas de su vida. Para que los seguidores del Madrid me entiendan, es como si ellos se imaginaran a Guti asesorándoles sobre qué peinado llevar y qué ropa ponerse en la fiesta del sábado. En fin, del Madrid, del Manchaster o del Osasuna, la esquizofrenia se hace patente. Pero ¿es que no estamos todos a un paso de ese desajuste mental? Hay quien escucha la voz de Dios y hay quien escucha la voz de Cantoná, convertido en un dios. Hasta aquí todo bien.
Pues en cierto sentido sí. Aunque sabiendo que James Cameron llevaba esperado 12 años a que la tecnología evolucionase lo suficiente para poder filmarla (parece otro Terminador, ¿verdad?) esperaba yo que mi butaca levitase, que la pantalla echara fuego y casi casi que pudiera tocarle las tetas a la protagonista (creo que me vieron haciendo el gesto). No ha sido para tanto pero creo que esta película sí supone un punto de inflexión en las posibilidades del 3D y en el futuro del cine de acción. Dicen que hay dos cosas que la animación todavía no ha logrado reproducir fielmente: el cabello y la mirada (qué bonito verdad); pues James Cameron ha conseguido que sus bichos de Avatar miren con bastante más gracia que sus actores: Sigourney Weaver y el desconocido Sam Worthington. 
En Celda 211 hay una condena a la silla eléctrica: la del espectador. Supongo que es el sueño húmedo de cualquier director de thriller o de esas cosa adrenérgicas que enloquecen a los adolescentes chiflados y por consiguiente a los corbatas de Hollywood que van colmatando de ceros sus siderales cuentas bancarias.
Lo de Celda 211 es una cuestión de primatología: ningún bípedo puede sentarse delante de esa pantalla sin que le suban las pulsaciones vertiginosamente y se le contraigan todos los músculos del abdomen en cuanto comienza la proyección, como un chimpancé con electrodos, eso es así: 10.000 voltios de la butaca a la pechera.
Luis Tosar bla bla… eso ya se sabe, descomunal, lo anecdótico es lo demás (a veces la excepcionalidad es rutina). Ya saben que esta cárcel es absolutamente creíble y que hay población reclusa que huele a patio, navajeo y contrabando. Hay bastante verdad con muy pocos gazapos (típicamente spanish movie y perfectamente veniales), se agradece tanto...
El auténtico protagonista resulta que no es Tosar sino un chavalín novel que da la cara, se pone gallito y en un triple salto mortal en el que podía haberse dejado hasta el último molar o ser devorado por la contundencia rocosa de Malamadre (Tosar) se sobrepone a su bisoñez, a su atildamiento, a su facha de niño guapo completamente contraindicada para entrar en un motín del trullo: sale indemne, con el nacar en su sitio y resultón, si acaso molesta su inquietante seseo (es argentino) sin que nadie se entretenga en indicar su procedencia, pero valga, mis respetos.
Del resto del plantel, del brillantísimo casting que junta caretos de lo más variado y verosímil destaca un capo colombiano del que yo estaba seguro que habían fichado directamente en alguna favela de Cali, ¡por estas!: el pavo (con su dentadura de oro y sus tatuajes) resulta ser Carlos Bardem, el hermanastrísimo. Me quito el cráneo.
Lo mejor que le puede pasar a un personaje de guión es que entre en la película siendo una monja carmelita y salga de soldado de fortuna en Vietnam, o sea, que cambie mucho/todo, que se transforme delante de las pasmadas narices de los asistentes hasta resultar irreconocible. Si además del prota, consigues el abracadabra, la transustanciación de almas con el antagonista el personal se engancha a la historia como un oso a un abrigo de velcro. Todo eso pasa en Celda 211, por ello, como saben, está reventando las taquillas, muy a pesar de que no hay indulgencia, ni compasión y de que el espectador paga para sufrir. Es la vida, es la cárcel y eso no es precisamente Bambi.
Como casi siempre la película se beneficia de ser retoño de una novela, se respira un aroma de fondo que pretende colocar algún recado, algo social, algo de presos en privación absoluta de movimientos, de luz y de aire, algo de vida y muerte, de poesía dura del chabolo, del talego y de la violencia. Hasta eso contiene este huevo kinder no apto para cardiópatas ni claustrofóbicos. Toda una sorpresa, como la vida.
PD: Igual lo grita mejor El Jefe
ARM
