lunes, febrero 28, 2011

BLACK SWAN - Aronofsky o cómo ser el más raro de tu clase


De Black Swan no puedo contar mucho sin joder la trama, así que:

1) Mantienes la tensión abdominal desde que empieza hasta el final. Hay a quién le gusta. En todo caso es meritorio y útil, haces pilates viendo cine.

2) Aronofsky sigue a lo suyo, traduce un mundo psico-sensorial (que es lo que le mola) al cinemascope (que ahora se dice HD) como en la imprescindible Réquiem por un sueño etc... Esto siempre es un placer (aunque acojone…)

3) En efecto, Natalie Portman se sale en un papel absoluto o sea primer plano perpetuo en el que da toda la gama de colores, tonos y semitonos del horror a la pasión. Estatuilla y bla bla. Pero a mí quien me ha molado es Vicent Cassel, un actor proteico, expresivo como un libro, que embrida un personaje con una convicción que hace que nadie parpadee cuando da una orden, algo así como la antítesis de Pe en Volver, que ni ella misma llega a saber de qué trata lo suyo…

4) Originalidad (que es lo que significa Aronofsky -el dire- en estonio...creo), eso casi imposible a estas alturas de cine, ¡conseguido en un Lago de los cisnes!, señora, ni más ni menos... ¿No es rarísimo?

Como Aronofsky.


ARM


martes, febrero 22, 2011

VALOR DE LEY. Fábula moderna

Después de compartir la decepción y el desconcierto ante los últimos trabajos de los Coen con muchos de sus incondicionales, me vuelvo a reencontrar con lo mejor de su cine gracias a este western, adaptación de la novela de Charles Portis que ya había se había llevado al cine con John Wayne como protagonista. Con una fidelidad formal por al género que ya es habitual en ellos –cine negro en Muerte entre las flores, thriller en Fargo, etc, etc- este western encaja perfectamente con su habitual mezcla entre humor negro, odisea griega y fábula moderna que han plasmado tan bien en otras películas como O’Brother. Vuelven también a recuperar su particular forma de presentar a personajes estrambóticos de una manera desconcertante, jugando con el espectador y con su forzada risa nerviosa. Y, por supuesto, no faltan sus continuas rupturas con el propio género, introduciendo elementos ajenos o más bien propios de su estilo. Todo esto apoyado por un –otra vez borracho y genial- Jeff Bridges con un acento más difícil de entender que a las vacas texanas. Su figura representa de forma inigualable al cazarrecompensas pendenciero con buen corazón, que en esta ocasión acepta la oferta de una niña, deseosa de vengar la muerte de su padre. Junto a un Matt Demon -el siempre correcto- que tras sus últimos trabajos me ha conseguido ganar, deben encontrar al forajido interpretado por un demasiado caricaturesco Josh Brolin. Uno de los fallos de la película junto a una banda sonora sorprendentemente mediocre y cursi para el nivel al que nos tienen acostumbrado. Desde que Clin Easwood recuperar el género con Sin Perdon, varias películas han dado una vuelta de tuerca al western: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Apalussa, Pozos de Ambición… ahora Valor de ley añade otra grande a la lista y, aunque mucho más comedida, menos cómica y menos trascendental que sus trabajos anteriores, se encuentra entre las mejores de los brothers.

Pitu

GOLGOTA PICNIC - Lo nuevo


Por fin lo nuevo.

Un crítico austriaco se preguntaba qué aspecto tendría lo nuevo en literatura para reconocer después en Thomas Bernhard a lo nuevo (a mí Bernhard me parece fatal). Muy probablemente Rodrigo García es lo nuevo, el disparo de nieve que esperamos siempre, el oxígeno, vida más allá del super, ni siquiera el futuro, simplemente el presente. Es lo nuevo en el mejor sentido, exactamente el contrario al que consigna al iPhone4 como lo nuevo.

Es inexcusable para el arte como para la filosofía dar cuenta de cada época, del zeitgaist, del espíritu hegeliano del tiempo, de ser consciencia, acaso reflejo, interpretación, siquiera código compartido, descifrado. Nuestro tiempo, como en el que le haya tocado vivir a cualquiera otros, es tan particular, reconocible y original como lo fueron todos los anteriores y sólo estando inmersos en él cuesta reconocerlo, pero nuestra contemporaneidad es tan identificable, original y radical como el tiempo que inauguró la Revolución Francesa. Otra cosa es que tengamos quien nos lo cuente.

En contra de lo que se suele tomar por cierto hay un montón de cabezas poderosas puestas a la tarea de identificar y diseccionar esto que empezamos, ya hace mucho, a llamar postmodernidad. Hace demasiado como para que el teatro y el cine no hayan dado cumplida cuenta, como para que sigamos asistiendo atónitos y narcotizados a las mismas tramas de zarzuelilla, vodevil y opereta con aspiraciones de innovación.

Rodrigo García es un golpe en la mesa. Probablemente más bien un escupitajo. Y en realidad es tan nuevo como Sloterdik (64 años), Bauman (86) o Lipovetsky (67), quiere decirse que este hombre ya tiene muchos tiros en el lomo, pero muy probablemente tengan que ser viejos los novísimos que vengan porque quizás y en contra de las apariencias de jovialidad, fluidez y renovación constante, hayamos encallado en un mundo descaradamente conservador, estancado y reticente a los lenguajes verdaderamente nuevos, a los que aportan contenido, información y no los sms, chat, twitter y el resto de cibernarcolepsia travestida de emanciapación ultramoderna (en dicha “emancipación” y bajo el peso geológico de las marcas y los logos acaba de caer la propiedad intelectual, ese absurdo invento… ¿no?).

Gólgota picnic es un cristo, bastante moderno, en el que un grupito de actores disparan sin piedad un discurso hemorrágico, frontal, afilado, hiperlúcido y disfrazado de sermón bíblico de un posible Ángel Caído, un contrafáctico Jesucristo, un improbable evangelista que no se esfuerzan en convertirse en ningún personaje porque, eso sí que ya ni siquiera es nuevo, sobran las tramas, los personajes, los guiones lineales y mecánicos en los que a alguien le pasa algo y hace que dice que… de todo eso, hace ya mucho (aunque pueda uno ser muy feliz ahí dentr).

En Gólgota no hay arquitectura, ni vanguardia ulratecnificada por más que haya una camarita digital, micros y una pantalla con proyecciones. Sin embargo nada más lejano al complejo andamiaje de, pongamos, La Fura, al servicio siempre de complejas planificaciones industriales, visuales y metadramáticas. Aquí quizás hay metalenguajes pero sobre todo queda sobre el escenario la crudeza de lo expuesto, pulsátil, directo y desnudo, a bocajarro y escupido. Una panda de individuos que parecen más que nada unos colgados de verbena muy pasados de tóxicos, algo así como un descampado afterhours, quizás la secuela de un festival, quizás la secuela de la propia ciudad o de la propia vida en la que la Biblia, si acaso, va encajando como único trazo común los discursos destructores, salvajes, nihilistas de unos personajes que al tiempo pisan sobre un manto de hamburguesas, se travisten con comida, se crucifican con vegetales, se entierran bajo carne cruda, degluten y regurgitan hamburguesas ante un plano gigante que orla el discurso siempre feroz de cualquiera de ellos. Más que arquitectura hay textura y más que trama hay visión.

Todo con espontaneidad, casi sin premeditación, de la manera más sucia, desnuda y directa posible, un gesto decididamente punk anima todo el montaje, voluntad de contundencia, de explicitud, de incordiar, que me habría jodido (como a la tropa de público que va desfilando por el patio de butacas a medida que avanza la representación) de no ser por lo genuino, lo sincero y lo contundente del contenido. Por supuesto, y como no puede ser de otra manera, todo es cuestión de recepción y reconocimiento, ocurre o no, se comparte lenguaje y sentimiento o lo que se lleva uno a casa es a una panda de desquiciados revolcándose en pelotas entre fumigaciones de pintura y hamburguesas (por cierto, una vaciedad posible muy propia de nuestros museos de Arte Contemporáneo).

El gesto violento, rompedor, agitado y turbador culmina en un final en el que, podría haber castigado al público con quince minutos de silencio, o podría haber aterrizado un enorme elefante de goma rosa sobre el escenario o algún actor podría haberse meado (no dudo que ganas le faltaran al autor), pero todo eso sería burdo, vacío, muy antiguo y propio de otra obra y otro lugar. La interpretación final del largo viaje hacia la muerte, real y bíblica, la última rotura consiste en un hombre desnudo, Mario Formenti, que interpreta exquisitamente Las siete últimas palabras de cristo en la cruz de Haydn en un piano de cola, con sus nueve movimientos, uno detrás de otro y casi una hora de duración. Mucho público huye, pero ¡ojo!, huyen ante la desnudez y la contundencia ensimismada de una de las músicas más bellas posibles. Huyen por la imposibilidad de aceptar, de repente, la belleza, de repente a Haydn, un hachazo a la velocidad de la ciudad y a las expectativas. Esa es la ruptura que ha elegido Rodrigo García. Ese es el lenguaje. Esa es la apuesta.

PD: Entre El evangelio según san Juan de El Brujo y esto va más o menos lo mismo que de Paganini a Bisbal o de Steve Mac Queen a Martínez Pujalte, tratando ambas una recreación evangélica y exactamente sobre el mismo escenario, con la misma pasta, la del CDN, que hace a churras y a merinas.

PD2: Seguramente esto será, como siempre, para minorías, puede que la gente de la Gran Vía y los musicales no lleguen nunca a verlo, puede que alguien acuse al autor de elitista, sin embargo, éste hombre nació y se crió en un barrio chabolista. Es puro pueblo.


ARM




lunes, febrero 21, 2011

UN TRANVÍA LLAMADO DESEO - Tenessee

Se cumplen los peores augurios: lo mejor de este montaje es el texto. Ver a Tenessee Williams es ir sobre seguro aunque uno siempre puede temer que nos caiga el cielo sobre la cabeza (Abraracurcix).

Williams es un típico americano espabilado que juega a practicar vivisecciones de derrotados interiores, de biografías arrambladas por el oleaje de la vida. Ilusiones vanas, sueños traicionados y muñecos rotos en el arroyo de la inadaptación. Es el hombre del psicologismo dramático en el teatro americano.

Puede que no sea tu rollo pero ante la excelencia es difícil no rendirse y disfrutar siempre.

Otra cosa es que un montaje no consiga proyectar el texto un metro más allá de su lectura, su única misión. El montaje de Mario Gas es, desgraciadamente, aseadito y formal, o sea aburrido, plano, antiguo, ortodoxo. Vaya, un teatro que Valle-Inclán encontraría rabiosamente arcaico y demodé.

No se preocupen, a pesar de una escenografía vulgar que no sirve para concentrar y amplificar la fuerza dramática y la verdad de esta obra ya clásica, el cielo no caerá hoy sobre nuestras cabezas.

Se lo aseguro.


ARM


jueves, febrero 17, 2011

VALOR DE LEY - Venganza, valor, ley, justicia… un buen wéstern

Remake de la película de 1968 de mismo título, protagonizada por John Wayne, y con un reparto entre los que se encuentran Dennis Hopper y Robert Duvall, ambos largos se basan en la novela de Charles Portis, quien, en 1968, a través del periódico The Saturday Evening Post, la ofreció por entregas a sus lectores.

El padre de Mattie Ross (Hailee Steinfeld) es asesinado. Su ejecutor, Tom Cheney (Josh Brolin) disfruta de total libertad. Y es esta niña de 14 años quien decide darle caza. Contrata a Rooster Cougburn (Jeff Bridges), un alguacil de la zona, de reputación dudosa y trago fácil, para saciar sus ansias de justicia. En su camino, se cruzará con LaBoeuf (Mat Damon), un Ranger de Texas quien también busca al forajido por un asesinato en el sur de Estados Unidos y porque ofrecen una buena recompensa.

La película está muy bien estructurada. Nunca dudas de por qué se encuentran en una pradera india o de por qué se toman unas u otras decisiones. La venganza envuelve y le da sentido a todo.

La dirección y el guión son de Ethan y Joel Coen. En ambos trabajos el resultado es bueno. No está a la misma altura el montaje, también suyo. Entre otras cosas, se exceden en los fundidos y encadenados. Y, por favor, no volváis a utilizar esas retroproyecciones tan descifrables. Voy al cine para que me mientan bien.

Lo que menos me convence del filme es la dirección de fotografía de Roger Deakins en los interiores. La luz es desbordante, excesiva, donde los blancos están muy cerca de estar quemados. En los exteriores, la cosa mejora y, además, se juega con los colores de las acertadas localizaciones, con lo que el resultado difícilmente puede ser malo.

Si algo destaca en este largo son las grades personalidades de los personajes, cosa que produce choques entre ellos, bañados de excelente ironía cómica y ofreciendo un humor sutil y placentero. Grande Jeff Bridges. Y si, además, deciden ponerle una botella de whisky a medio terminar en sus manos, mucho mejor. Ni que decir tiene que a este señor hay que verle en versión original. El tono de su voz en la sala te envuelve, te hace sentir pequeño. Es una voz que aporta una fuerza aplastante.

Hailee Steinfeld, 14 años. No esta nada mal pasar de unos cortitos y de unas series de televisión a rodar para la pantalla grande con los Coen. Personalmente su actuación no me seduce. El personaje es complejo, desbordante de soberbia y seguridad. Tal vez demasiado difícil para una menor. Ya sabes, no ruedes nunca con niños ni animales.

Mat Damon, qué bien te queda ese toque cómico. Interpreta a uno de los personajes que más empatía me ha producido. Creo que ese papel de chico guapo resuelve-todo me vence. Y, al verte sufrir, intentar conseguir algo de lo que tu personaje no está a la altura, me produce simpatía.

En definitiva, Valor de Ley es una película recomendable. El wéstern es un género demasiado quemado, que se ha relegado al olvido por parte de la industria y de los espectadores. Es una buena oportunidad de ver a forajidos al galope entre peculiares paisajes y disfrutar de una buena calidad de imagen.

Madriz

miércoles, febrero 16, 2011

CISNE NEGRO - Pasional

Visceral, pasional. Es lo que primero que me viene a la mente al sentarme a escribir mis impresiones sobre Cisne negro. La película retrata, de manera bastante fiel, las exigencias y sacrificios del "ejército" al que ingresan las bailarinas. La exigencia del director, la de la família... y la propia autoexigencia. La dualidad del ser humano, esos dos lados que todos tenemos y con los que, afortunadamente, la mayoría de las veces, sabemos convivir y somos capaces de dominar.

Cisne negro nos muestra que no todos tenemos esa fuerza, el lado claro y el lado oscuro, tantas veces retratados en el cine, que esta vez se muestra de una manera encantadora, paralizante, aterradora, logrando mezclar belleza y perturbación de una manera sutil... la sutilidad de un ballet clásico. La fotografía y los movimientos de cámara son parte de los logros de la película y responsables de transmitir todos esos sentimientos.

En la película, el director de la compañía, Thomas Leroy, interpretado por Vincent Cassel -que, como siempre, está espectacular en su papel- le pide a Nina, Natalie Portman, que sienta el personaje y, a partir de ese momento, el espectador pasa a sentir y a vivir lo que le ocurre a ella. La madre es otro personaje fielmente retratado y muy bien interpretado por Barbara Hershey. Los actores están todos muy, muy bien, sin excepción.

Natalie Portman se luce en el papel y, a pesar de toda la locura, uno cree en su interpretación e, incluso, entiende y comparte toda la vorágine del personaje, sus miradas, su dulzura y locura son PERFECTAMENTE creíbles e interpretadas por una actriz que estaba hecha para el papel... o el papel hecho para la actriz. Sea como sea, ¡la interpretación es perfecta!

No es la primera vez que Darren Aronofsky hace esto. Ya en Réquiem por un sueño logró, no solamente que viéramos, sino que viviéramos, la película. Y ahora lo ha vuelto a hacer. Pero, esta vez, se ha superado, quizá porque el tema es ahora un poco más ameno. Y así, uno sale tocado del cine, con la extraña sensación de terror, pero, al mismo tiempo, de querer bailar y vivir intensamente.

Y, bueno, lo que tengo que decir es: ¡chapó, Darren, has hecho un excelente trabajo con todos los actores y has logrado brindarnos un Cisne negro visceral!

NOCELONI

viernes, febrero 11, 2011

DE DIOSES Y HOMBRES - Sin pecado concebida

He ido a ver De dioses y hombres por la única motivación del parecido de su foto de portada con El gran silencio (Groening, 2006), mira por dónde. Y dicho equívoco, en absoluto inocente sino intencionado y sibilino para reeditar aquella milagrosa afluencia de público a una película de tres horas y cinco minutos en bendito silencio monacal me ha llevado a constatar que el único parecido entre ambas películas es, en efecto, la casulla de los monjes.

De dioses y hombres es simplemente un documento pastoral, una homilía ejemplarizante de testimonio martirial enfundada en estética y formas de nouvelle vague, para despistar. O sea, eso que nos llevan contando toda la vida y que te cuentan en el cole de curas, que te cuentan en misa y que te cuentan en una mani por la Libertad de Es-pa-ña o por la Libertad de Las Familias (sospecho qué familias son esas). Pues eso.

Unos monjes muy buenos se aprestan a exponerse a ser sacrificados por la violencia islamista en su monasterio del Atlas marroquí (¿!). Dios es un personaje más que como en el deus ex machina que inventaron los griegos (lo inventaron todo por cierto) participa en la trama y endereza las muy humanos flaquezas, temores y dudas de algunos de los frailes a los que se ve invocando a gritos a su patrón en su celda nocturna (momentos de mucho miedo).

Quizás la cúspide del sonrojo y la desvergüenza de este artefacto travestido de cine artístico del que desconozco su oscura motivación (me refiero a la guita, a quién paga todo esto que diría Pla) es cuando los habitantes musulmanes del pueblo les piden ¡a los monjes franceses del Atlas! que no se vayan, que sin ellos no son nada (sic.). Desde las ilustraciones colonialistas inglesas de negritos del siglo XIX no creo que haya ningún documento tan explícito para explicarle al personal por qué tenemos que estar en esos lugares donde los retrasadillos de los indios, los moros y los negros nos necesitan, porque no se valen y porque hay que educarlos (aunque de paso, quizás, recojan té o se encuentren algunos diamantes mientras reptan en una mina, ya sabes…)

Quiero decir que es muy raro todo esto en el 2011 año de cifra ya casi cibernética en el que hay quien se implanta orejas en la espalda por chulear. Y que no me cabe en la cabeza que alguien vea en este panfletillo dominical estrictamente ceñido a las pautas canónicas del documento pastoral algo (lo que sea) de verdad, de sinceridad, de humanidad, de relato verosímil, o sea, de cine, de arte.

La diferencia entre esto y El gran silencio, tratándose ambas de monjes en sendos monasterios, es toda, o sea, el retrato indeciblemente bello (vean una fotografía y otra) del silencio (ni más ni menos) y de una manifestación tan transcultural como el recogimiento, la introspección y puede que el éxtasis. La ensimismación en el suspenso del mundo. El gran silencio es una gozosa experiencia metacinematográfica de la que sales como de un viaje porque has participado de algo tan rompedor y esencial como el silencio, a manos llenas, donde se propone otra vida posible y otro lugar improbable. Una otredad.

Cualquier parecido será un milagro.


ARM

PD: A Muñoz Molina le ha encantado


miércoles, febrero 02, 2011

TAMBIÉN LA LLUVIA - En tiempos tan oscuros


Hay que tenerlos cuadraos para hacer También la lluvia (en este caso, Iciar Bollaín).

Corren tiempos difíciles para lo suyo, eso del cine social, sensiblero, cardíaco e … ¡indigenista! ... hasta ahí podíamos llegar. Sólo falta que a los putos pijoprogres de la ceja y las subvenciones les haya dado por hacerse amiguetes del Gorila Rojo, el indio Evo Morales, que no sabe hablar, que lleva un asqueroso jersey a rayas, que es cutre, que es retrasado, que es ridículo, que es pobre, ¡que es amigo de Chávez!…

Me posee la voz de la actualidad, la tengo dentro de la cabeza, o fuera, pero por todas partes…

Iciar ha sido muy perrilla y deja muy poco hueco para que los señorones que tienen que enfurruñarse viendo la peli y cagarse en los listillos del cine español puedan hacerlo a gusto porque la propia peli ya se encarga de la tarea y deja muy mal a unos posibles listillos “progres” del cine español. Qué perra.

En frío: También la lluvia es una película brillante en lo formal y emocionante en general, se quiera o no (emocionar uno) y muy difícilmente dejará impasible o arrepentido a cualquier contratante de la entrada.

El guión es la obra de orfebrería de un taumaturgo que se cubre la espalda en cada torsión porque cada personaje produce su sombra antagonista y cada gesto su antítesis. El cinismo y la hipocresía de la hipocresía están develados de antemano. La lectura es especular todo el tiempo y los personajes se cruzan simétricamente en sus arcos de transformación (cosa que vuelve locos a los guionistas) con sus respectivos sosias históricos: Cólon es el más hijoputa y el actor que lo interpreta el más humano, Bartolomé de las Casas el héroe en la ficción y su actor el más cobarde, y así. De manual florido. A mí no me gustan los manuales pero si sirven para montar la Novena de Beethoven o El Padrino estoy a favor total. Todo esto será pasto de guionistas y nutrirá las biblias y prontuarios de las escuelas de guión.

Pero sobre todo y aún por encima del mérito obvio de enganchar y hacer disfrutar a cualquier espectador bípedo (o cojo, si se pone, seguro) la película es una contundente vacuna para tiempos tan hostiles y ante espectadores, todos (los de un color y los del otro, se lo aseguro) hiperreactivos al cine social y al maniqueísmo (sólo si los buenos son los desgraciados, si los buenos son guapos/poderosos, quiero decir, nosotros o alguien muy parecido, nos va molando más, y entonces se llama Hollywood…).

Es decirse… sal corriendo a ver esto.

PD: El guión es de Paul Laverty, ya sabes, el pupilo espabilado de Ken Loach que parece que exporta la cosa social a la otra orilla del Atlántico sin despeinarse. Era un encargo para Iñárritu pero acaba en las diestras manos de la Bollaín. Y ahí lo tienes.

PD2: Lo de Tosar es redundante, ni lo miento. Los otros chicos bien, gracias.


ARM


martes, febrero 01, 2011

CUESTIÓN DE PRINCIPIOS - ¿O todo depende del precio?

Castilla (F. Lupi) es un hombre chapado a la antigua. Santos (P. Echarri), su jefe, un joven que ha venido a levantar la empresa. Entre estas dos polaridades se declara una guerra abierta cuando Santos se entera de que su empleado tiene el número que le falta para completar su colección de revistas antiguas. Pero Castilla no quiere vendérsela porque, según dice, “hay cosas que no tienen precio”. Sin embargo, cuando se suceden las jugarretas, y la cifra ofrecida cada vez es mayor, y su mujer, Sarita (N. Aleandro) le presiona... y, en el fondo, no puede ser tan terrible vender la revista si nadie se entera, y podrían comprar un coche, un barco...

Hay un amigo de Castilla que dice que los principios, como la sociedad y la cultura, son cambiantes, y que, en realidad, no son más que una vía para que nos quieran los demás. Parte de razón tiene, porque en la guerra que libran empleado y jefe, lo importante, no es sólo ganar, sino que además la victoria tiene que ser pública y notoria.

Yo personalmente habría vendido la revista. Si fueran razones más importantes... vale. ¿Pero una revista vieja a cambio de disfrutar del presente? Vale, seguro que me lo gastaba en frivolidades, pero liarla así por una excentricidad... no sé qué es peor. Porque no es cuestión de principios, sino de cabezonería.

Como es una comedia dramática hay situaciones absurdas y los personajes están bastante estereotipados, pero bueno, Norma Aleandro sabe dotar de ternura y gracia al papel un poco tonto y frívolo de Sarita y de Federico Lupi, qué voy a decir, yo me creo cualquier cosa que haga. Pero quien realmente se luce es Pablo Echarri, que compone magistralmente su papel de yuppie sin escrúpulos, que, en el fondo, también tiene su corazoncito.

Supongo que es la enésima vez que se trata la confrontación ética-pragmatismo y no aporta nada nuevo. Pero la película se ve a gusto: para pasar un buen rato sin más pretensiones.

ANDREVA