martes, febrero 24, 2009

THE READER - Del amor y otros demonios


Por el principio de indeterminación de Heisenberg todo el mundo sabe a estas alturas que no se puede conocer la posición exacta de un electrón ni saber si una película es en realidad buena o mala. De lo que resulta un margen de error:

The reader es, en el peor de los casos, una película aseadita, formal, con mecánica precisa, solvente y emocionante.

En el mejor es una película excelente, con eso que los cocineros del cine llaman “todos los ingredientes”, en realidad los mismos que tienen los best seller para que funcionen. La peli es un trasunto de un bestseller de los clasificados como “literario”, o sea, supuestamente bueno en comparación con los otros que entonces son “malos”, aunque le gusten a usté, señora.

Supongo que habrá espectadores que salgan con la mosca detrás de la oreja después de ver la película, pensando si en realidad no será que acaban de ver un melodrama de jolibu y ya.

Daría igual si uno ha disfrutado ¿verdad? ¿O se avergüenza usté de que le hayan engañado como a un chino o de resultar muy vulgarmente comercial? ¿Apagas tu mp3 cuando estás escuchando Amaral y te encuentras con alguien? (yo sí, y no lo confesaré más nunca, yo no escucho esa basura…)

Yo creo que The reader no es un producto plastificado de Jolibu con melodrama de serie. La diferencia fundamental es que bajo la epidermis de esta peli hay músculo, sangre y corazón (vale, y cerebro), y no sólo humo, ficción y un entramado más o menos aparente, dramático, efectista y manipulador para clavar al espectador en la butaca y hacerles sacar pañuelitos de amor y emoción. No.

La trama plantea conflictos rigurosos y tan reales como los que han traído de cabeza a un par de generaciones de alemanes para procesar lo de su historia, y por supuesto, lo particular se hace universal y la cosa se transforma en una muy sincera y aguda reflexión contra el maniqueísmo dominante: La vida es bella y compleja, y nosotros más. No es un tratado de Kierkegaard pero la peli resulta elegantemente reflexiva y emocionante.

Sospecho que The reader será más que una rara avis en el cine yanki, una pieza única, porque difícilmente encontrará el espectador otra película con semejante óptica sobre la Alemania de la Segunda Guerra Mundial. Incorpora incluso personajes en la película cuya utilización intuyo que está directamente prohibida si no es por sus “legítimos” herederos (adivine).

Quizás el quid de la cuestión sea el amor, como en la vida… Hay una larguísima historia de amor, si te la crees apuesto a que la peli te gusta. Quién da más.

PD: Los malvados realizadores de Benjamín Button tenían la máquina buena verdadera de hacer viejunos a los personajes y no se la han prestado a estos de The reader, así que a la Winslet, que vuelve a estar estupenda, la tienen que untar bien de mampostería. Bueno, algo tenía que tener la del interminable hombre menguante Button.

ARM


THE READER - Para llorar

(Aviso a navegantes: en este comentario se desvelan detalles de la trama.)

El primer amor nunca se olvida. Más aún si hay una diferencia sustancial de edad. Y todavía más si se descubre que tiene un pasado oculto, un pasado que muchos querrían olvidar. Todo esto le ocurre al protagonista en la película y, claro, el pobre chaval crece atormentado y, aunque acaba triunfando en lo laboral, practicando decentemente la abogacía, sus relaciones sentimentales son un desastre porque se niega a abrir su corazón a nadie más, no sea que vuelva a llevarse otra decepción. Demasiados lugares comunes.

The Reader se podría dividir en tres partes. En la primera ocurre la historia de amor. Chico burgués adolescente con las hormonas revolucionadas conoce a mujer fascinante de pasado oscuro. Cuando está a punto de esfumarse el interés del espectador, comienza la segunda parte: el juicio. Y nada menos que a exmiembros de las SS, entre ellos, no podía ser de otra forma, la inquietante mujer. Mientras, al chico le ha dado tiempo a crecer y a convertirse en un aplicado estudiante de derecho que asiste al juicio junto a su profesor y sus compañeros de seminario.

En un momento dado, él podría salvarla explicando que es analfabeta, pero no lo hace. ¿Por qué? No lo sé. Quizá no quería confesar que se acostaba (y disfrutaba haciéndolo) con una exnazi. La explicación me resulta muy endeble, la verdad. Pero es que ella misma podría haber confesado que no sabía leer ni escribir. Sin embargo, no lo hace. ¿Por vergüenza de ser analfabeta? ¿Prefiere la cadena perpetua y el oprobio ante una nación y el mundo entero a confesarse analfabeta? No me lo trago.

La última parte (estancia en la cárcel) es la más emotiva. O la más sensiblera. Y todo confluye hacia un claro y único objetivo: sensibilizar el lacrimal.

Es para llorar. Pero no de pena. Sino de lo fácil que se engaña al público con unos personajes pésimamente construidos.

FRANK

sábado, febrero 21, 2009

REVOLUTIONARY ROAD - Wheeler Road


¿Qué hacer cuando se odia a muerte en lo que uno se ha convertido?

Y, ¿qué hacer cuando una se enamora de una idea y no de una persona? Es lo que creo que le pasa a April con respecto a Frank. Sin embargo él sí está enamorado de ella, otro motivo más de su distanciamiento.

Qué más puedo decir de Revolutionary Road, qué más que no se haya dicho ya en este blog sobre esta estupenda cinta.

Poca cosa, sin embargo diré que la locura y la genialidad están separadas por una línea muy, muy estrecha (ya lo decía Dalí que de eso sabía un rato) y es que los diálogos cargados de mayor sinceridad son los de un loco que puede que sea el más cuerdo de todos.

Para mí Revolutionary Road es, en el fondo, un canto a la ilusión. A MANTENER la ilusión, por la vida por el amor por la pareja y sobre todo por tus metas y tus ideas.

Sólo cuando los Wheeler mantienen esa ilusión es cuando poseen una meta común, tienen algo por lo que luchar juntos, se acercan de nuevo y, sólo entonces, parecen felices, porque, sólo entonces tienen algo por lo que vivir.

El problema es mantener esa ilusión frente a la sombra de la decepción.

El caso es que cuando terminó la peli quería llorar pero no podía y sólo notaba un nudo en el estómago. Casi al terminar los títulos de crédito le dije a mi amigo que me había encantado, a él le pareció un poco larga.

P.D.: La música de Thomas Newman, buenísima, un canon, casi, casi como nuestra existencia.


BEATRIX KIDDO

viernes, febrero 20, 2009

UTOPÍA - Leo Bassi(co)

Leo Bassi es un tipo con conciencia política. De izquierda. Y laico convencido, sin ambages, sin la rémora de la corrección política que lastra una verdadera modernización de la clase progresista de este país (y supongo que de la del suyo, Italia). Todo esto hay que agradecérselo: pocos personajes públicos tienen una valentía política de esta guisa (por la que ha llegado a sufrir la explosión de una bomba en su anterior y antirreligioso espectáculo).

Lo malo de Utopía es que es un espectáculo que aburre. La mayor parte de las dos horas de monólogo de Bassi son una clase de historia que imparte el actor como si fuera un, eso sí, simpático profesor de instituto. Pero, claro, aunque el que explique la Primera Guerra Mundial y sus consecuencia sea un buen docente, acabas aburriéndote de la charla y empiezas a pensar cuándo llegará el recreo para echarte un pitillo o para jugar al burro. Bassi lo sabe e intercala alguna provocación, más que nada para despertar al público. Ya es tarde. Es muy difícil que un espectador se reenganche cuando ya ha perdido el interés.

Bassi sabe arrancar un par de carcajadas en esas dos horas. Pero no es suficiente. Si estás medianamente informado de la actualidad, si tus conocimientos de la historia europea de los dos anteriores siglos está al nivel de la extinta EGB o de la ESO y si sientes una mínima conciencia política, Utopía no te aportará nada nuevo. Y, más grave aún, te arrancará unos cuantos bostezos.

Es loable, y hasta diría que necesario, lo que pretende Bassi: despertar la conciencia política en los jóvenes y aclarar algunos conceptos básicos de la ideología de izquierda que parece que hemos olvidado. Pero no creo que sea el camino. En todo caso, si lo ha conseguido en algún espectador, enhorabuena.

FRANK

martes, febrero 17, 2009

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON - El interminable caso de B. Button


Sin duda que no es lo peor que me ha pasado en la vida.

Es lo segundo peor, o así...

Es broma. Quiero decir que son tres horas que ahora no sé donde han ido y no es que tenga graves urgencias que atender, pero de eso a sentarse a mirar semejante futilidad…

No es un horror, sólo moderadamente insoportable, insustanciada, pretenciosa, facilita, coloreada, lacrimógena, efectista, recargada, sensiblera, aburrida, moralista, larga como una condena y eso.

Y Brad guapísimo.

ARM

lunes, febrero 16, 2009

REVOLUTIONARY ROAD - El vacío irremediable de la vida

Cuando una película me atrapa como lo ha hecho Revolutionary Road mi realidad, lo que sucede delante de mis ojos, parece no existir. Quizá porque sobre mi retina y mi cerebro triunfan las imágenes y la historia de la película y se interponen sobre lo que vivo. Sé que, durante el trayecto a casa, me he cruzado con gente, con coches, sé que he subido la escalera antes de entrar en mi piso, sé que he encendido el ordenador, pero, si hago memoria, me parece algo irreal, se acerca más a un sueño que a lo vivido por mi ser de carne y hueso. Lo real me parecen las vidas de April y Frank y todos los personajes que rodean su historia. Ellos son los Wheeler, una familia de clase media norteamericana de los años cincuenta del siglo pasado, como podría ser cualquier familia en cualquier lugar.

Revolutionary Road posee tanta verdad que asusta. Y más aún si tenemos en cuenta que esa verdad es la que todos vemos, pero pocos se atreven a aceptar, no digamos ya a actuar en consecuencia. Sólo unos pocos locos son capaces de enfrentarse a esa verdad y, en la mayoría de las ocasiones, acaban en el manicomio. Los encerramos porque estamos aterrados ante la posibilidad de que nos abran los ojos, nos enfrenten a esa realidad que nos negamos a ver, nos abran los oídos. Preferimos, como en el plano que cierra el filme, disminuir el volumen del audífono para no oir nada. Nada. El vacío. El irremediable vacío que nos rodea y ante el que cerramos los ojos, los oídos, la mente.


Los personajes están tan perfectamente construidos que no existe un asomo de duda de que van a actuar como lo hacen. Y, sin embargo, necesitas verlo, necesitas que ocurra ante tus ojos, necesitas la certeza, la prueba empírica. ¿Pero no es eso exactamente lo que nos ocurre con nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros familiares? ¿No tenemos siempre la esperanza de que no van a actuar como sabemos que lo van a hacer? Sí, nos negamos a aceptar lo irremediable. Y, al no aceptarlo, ¿cómo vamos a luchar contra ello?

Revolutionary Road te reconcilia con el cine. Un guión perfectamente engarzado, que te mantiene en una tensa espera de lo inevitable, sostenido por unos planos herederos del mejor cine clásico, planos que tienen que ser ésos y no otros, una forma de rodar que hace que te olvides de que ahí hay una cámara (eso sí es difícil de conseguir, y no meter treinta planos en cinco segundos).

Que Kate Winslet es una actriz espectacular no sorprende a nadie. Pero que Leonardo DiCaprio esté a su altura, yo, al menos, no me lo esperaba. Pero es que el resto de actores, desde el primero al último, están también a esa altura. Y es una altura cercana al Himalaya, señora. Es algo que siempre he admirado del buen cine hollywoodiense: cualquier papel se mima como si fuera un principal. Si un actor tiene un par de frases en toda la película, crea un personaje, lo que se traduce en credibilidad para el propio actor y para la película. Ay, deberíamos aprender de estos detalles y no sólo criticar su derroche de efectos especiales.

Pero volviendo a la pareja protagonista, llegan a una altura de interpretación a la que sólo unos pocos pueden llegar. Decir todo lo que está pasando por su cabeza con una mirada, llorar sin que salga una sola lágrima, saber exactamente lo que han dicho al otro lado del teléfono sin haberlo oído. Oiga, y ninguno de ellos es candidato ("nominado" es incorrecto, a ver si nos enteramos de una puñetera vez) a mejor interpretación por esta película. Ella, al menos, lo es por The Reader.

FRANK

jueves, febrero 12, 2009

DIETA MEDITERRÁNEA - El lío padre


Te cuento,

la peli comienza en el 1968 y acaba en el 2009 ¡y no maquillan a nadie! Por lo visto el tiempo lo van marcando los coches, primero sale un dos caballos y acaba la cosa en un Land Rover todo nuevo, pa´que-te-enteres-espectador-tontorrón.

Por ejemplo, Olivia Molina sale diciendo que es menor y que tiene casi 17 años y acaba la peli con 42 ¡y no la maquillan! O sea el director le dice: Ahora tienes 17. Hoy tienes 42 y tienes que decir… Bien.

Perdón por las cronologías, es que no salgo de mi asombro. Para marcar el transcurso de 42 años de narración a dos actores les ponen gafas ¡y a Paco León incluso le peinan para atrás!

En fin, sólo decir que la peli es de un absurdo tan delirante que por momentos no sabes de qué se trata, si es un anuncio de natillas Pascual, un publirreportaje de cine de barrio para un restaurante en Torrevieja, un sketch para los Morancos o qué, pero es que de puro absurdo que da risa, sí, yo me he reído bastante en varios momentos, y el público también.

Me miraba y pensaba: Qué me está pasando, esto es absurdo… creo que es todo tan delirante que te ríes de risa nerviosa, casi de la de vergüenza ajena o … yo no sé de qué.
Amigos, es que sale Adriá (con el subtítulo: “El Bulli”, como la mosca de TVE en la tele, pa´que sepas donde ir a buscarle) cocinando a través de una pantalla, y los actores le miran como fascinados, y ahí yo no podía más y no sabía si iba en serio o lo hacían para que me partiera la caja o qué.

Déjame decirte que hacen escenas repetidas una y otra vez en las que, en lugar de salir Braveheart o Leónidas con sus hombres al campo de batalla en el climax épico de la película, con esas entrañables voces de fondo de vamos-a-por-ellos-muchachos y todo eso, ocurre lo mismo, pero en una cocina, y simplemente ¡van a servir platos! al grito de ¡vamos! ¡a por ellos!, ¡se van a cagar! Nunca había visto servir un bacalao al pil pil con esa bravura… En fin, que sí, que te puedes llegar a reír mucho.

Último detalle fascinante: La música. Im-presionante. Y en los créditos, ¡la firma alguien! ¿Te acuerdas de las musiquillas que salían por los agujeritos de las primeras máquinas de marcianitos, o de la nintendo mientras saltaba un muñequito? Pues eso, pero a 15.000 decibelios, en Dolby y durante toda la película. Es como si se les hubiera roto algo… Im-presionante.

En resumidas cuentas, que sales con el cuerpo muy raro, como no comprendiendo algo, porque sospecho que no va de presupuesto (algo me dice que hay pasta en la peli). Es como si la peli hubiera venido empaquetada de Ikea y con las instrucciones y el guión en sueco, ¿sabes?, y alguien ha dicho, creo esto va así… como la silla HJÄRTA SKÖLKMNF montada del revés.

Un lío.

PD: Quizás lo más punible de todo sea un tal Alfonso Bassave, protagonista del trío. Supuse que el actor auténtico habría cogido paperas el día del rodaje (contagiadas por cierto, por el del maquillaje que a su vez se las habría pasado al encargado de la música y este al guionista, etc) pero no, sale en Hospital Central, lo dice google, por lo visto le han contratado intencionadamente. Telita.

ARM


SLUMDOG MILLIONAIRE. Fantástica realidad

Los chavales de mi barrio tienen una noción muy particular de la India, decían: qué guapo tío, la India… el Nilo, las pirámides… Y si van a ver Slumdog Millionaire creo que tampoco se aclararán mucho. Porque la película Danny Boyle vive en ese genial equilibrio entre la fantasía y la realidad que a veces consigue el cine. El director inglés ha vuelto a recuperar la magia que dejó en Transpoting con este peliculón que mezcla géneros e historias de manera inteligente. Básicamente trata sobre un niño pobre que consigue entrar en el famoso concurso Quieres ser Millonario. Pero lo que interesa es la crueldad de uno de los países más pobres del mundo y la esperanza de sus personajes. Un homenaje a los romances musicales de Bollywood aderezado con un estilo visual muy expresivo y con un montaje ágil y efectista que contrasta con la India milenaria. Danny Boyle dice que no podía acercarse de una manera clásica a Bombay, a modo de western, que tenía que imponer un punto de vista subjetivo que golpease la cabeza del espectador. No ha escondido nada. Su mirada no es colonialista ni condescendiente, pero tampoco edulcorada. Quizás por esto ha causado tanto revuelo en la India y, en parte, tanta indignación. Slumdog Millionaire es una diminuta historia de amor dentro de un monstruo de ciudad que se ha saltado dos siglos de industrialización. Narrada con mucha precisión y contagiosamente optimista. La mejor película del año.

Pitu

miércoles, febrero 11, 2009

LA DUDA - Lo dudo, lo dudo, lo dudo.

No iba a ver La Duda cuando me dirigía al cine, no era ni mi primera ni mi segunda ni mi tercera opción pero el otro día las preferencias personales estaban supeditadas a demasiados requisitos como para andarse con remilgos ante una película más sobre la sobriedad de las monjas y la pederastia, presunta, de los curas, o sobre los colegios católicos de los años sesenta.

En La Duda lo innegable es el papelón de Meryl Streep que está para quitarse el sombrero fuerte y débil, odiada y mirada casi con cariño consiguiendo esos cambios de parecer en el espectador en milésimas de segundo. También a la altura Philip Seymour Hoffman. Y, mención de justicia, la pequeña intervención de Viola Davis creadora de un posterior cine forum entre los que fuimos a ver la cinta.

En la película se observan multitud de detalles, sutilezas tratadas con gran belleza técnica en las que se descubren a los personajes y la coherencia o falta de ella que se plantea en ellos.

A veces, no todo es blanco o negro aunque por tu vestimenta lo parezca.

Lo que más me gustó, y a la vez lo que menos, es el final en el que cierra un círculo iniciado al principio de la película y en el cuál se señala la existencia de duda en la Fe, esto es, en principio, una paradoja.


BEATRIX KIDDO

VALS CON BASHIR - Recordar el horror

Nadie debería hablar de la guerra sin haber estado en ella. A Arturo Pérez-Reverte le gusta mucho vacilar de las que ha vivido. Incluso me parece que dijo una vez en una entrevista que todos los chavales dederían pasar por la experiencia de la guerra porque enseña mucho (o algo por el estilo). Son las cosas de Arturo. Pero él va a contarlas y porque quiere, porque es su profesión. Y desde ya digo que no cualquiera es capaz de aguantar ese horror. O sea, que mérito tiene, eso hay que reconocerlo.

Pero yo me refería a los que sufren la guerra o la hacen sin tener otra opción. Ari Folman, el director, escritor y productor de Vals con Bashir, fue uno de los soldados israelíes que batalló en la guerra del Líbano de 1982, cuando se produjeron las matanzas de Sabra y Chatila. Ari Folman puede hablar de esa guerra porque estuvo en ella.

En las matanzas de Sabra y Chatila, milicianos falangistas cristianos masacraron a miles de civiles musulmanes como venganza por el asesinato de su líder y jefe electo del Estado libanés, Bashir Gemayel. El ejército israelí, dirigido por el entonces ministro de Defensa, Ariel Sharon, rodeó con sus tanques los campos de refugiados para que ninguna persona pudiera salir de allí. Es cierto que ellos no dispararon, pero tampoco movieron un dedo para impedir la matanza.

Ari Folman (al igual que otros muchos soldados que vivieron esa guerra y esa matanza que se producía a unos cuantos metros de donde se encontraban) sufrió un bloqueo psicológico y no recordaba qué había hecho él esos días. Vals con Bashir le ha servido para recuperar la memoria, contactando con sus antiguos compañeros de armas, y para recordarnos a todos que aquello se produjo, que no es una invención, una mala pesadilla. Se podría decir que el filme es un documental de animación. Pero las últimas imágenes son reales, son una bofetada de realidad en la cara del espectador. Ve a verla y dinos qué te parecen esas últimas imágenes.

Podemos discutir de los ya (casi) olvidados últimos bombardeos sobre Gaza mientras nos tomamos unas cañas, podemos ir más allá y asistir a las manifestaciones en contra de los asesinatos en Palestina, y también las que se organizan en contra de los atentados terroristas de Hamás. Pero la verdad es que ninguno deberíamos hablar de toda esta mierda porque no sabemos lo que es. No sabemos lo que es ser un israelí que, a los veinte años, con las hormonas disparadas, sin saber qué quiere hacer en la vida, tiene que ir sin rechistar a disparar contra palestinos, mientras su novia se queda en su país, bailando en las discotecas los fines de semana.

En realidad, todos somos soldados israelíes que cercan a la población civil y cierran los ojos mientras se oyen los disparos. Todos somos terroristas de Hamás. Todos. La verdad es que todos somos unos asesinos. Es así. Ojalá algún día recuperemos la memoria (y la cordura) como lo ha hecho Ari Folman.

FRANK

martes, febrero 10, 2009

CAMINO - Si no se avanza, no se hace camino

Como el título de la película, cualquier filme cuenta el camino que tiene que recorrer el héroe (y, en ocasiones, otros personajes) hasta un lugar (ojo, no necesariamente físico). Esto es así desde Ulises (y supongo que aun más allá). Pero el de Ítaca no iba una y otra vez a pasar por la prueba del canto de las sirenas, por poner un ejemplo. Superaba esa peripecia y continuaba su camino.

Buena parte de la segunda mitad de Camino es siempre lo mismo. Y si la película ya es larga de por sí (más de dos horas y veinte minutos de duración) con la reiteración de la trama se hace aún más larga. La obsesión religiosa de la madre, la enfermedad de la niña, el control de la vida de la hermana por parte del Opus Dei, la pusilanimidad del padre (el único personaje que, en principio, cae simpático, pero que, al final, crispa los nervios al más templado), las pruebas médicas y las operaciones que sufre la protagonista, todo lo que ocurre, en fin, aburre desde el momento en que nada es nuevo.

Quizá fue ésa la intención de Fesser: dormirnos en la monotonía cual si fuera el rezo del rosario, embaucarnos engañosamente con la repetición de unas sencillas y machaconas ideas (tal y como hacen este tipo de sectas) hasta que nuestras defensas estén totalmente vencidas y, entonces, sólo entonces, estrujar nuestro estómago hasta que lo sentimentaloide nos rebosa por la boca. Sólo que si no ha logrado bajar tus defensas, todo te parece un truco demasiado obvio.

Sí hay que reconocer que logra por momentos bellas imágenes llenas de poesía visual. ¿Será por eso que ganó el Goya a la mejor película del año? ¿Será que no había otra mejor? ¿Tú conoces otra que se lo mereciera más?

FRANK

sábado, febrero 07, 2009

4.48 PSICOSIS - Informe desde el infierno


El Karakorum es sólo para los más valientes. Muy pocos atacan su cara norte y a la mayoría se les congelan los dedos o se despeñan. Sarah Kane asalta el K2 de la depresión, ese tema, un minotauro cuya sombra acecha por las esquinas de la vida del hombre postmoderno, del ciudadano del primer mundo, la última peste pandémica marcada por el hierro del tabú.

Yo creo que no es un tema frecuente por lo mismo que no se ven los agujeros negros, porque no se puede, porque se tragan la luz. Las depresiones de los artistas producen elipsis en sus obras y en los personajes, pero pocas veces deciden sajar la herida.

Esto es 4.48 psicosis. Una actriz, una banqueta y dos focos, y no es precisamente El club de la comedia. 4.48 es la hora en que son más frecuentes los suicidios, cuando el fármaco nocturno pierde su efecto.

4.48 no acaba de ser un drama canónico porque la narración es escasa, porque la autora ataca tan de frente al bicho que se mete de lleno en el ojo del huracán, en el horror neuroquímico en que estaba sumergida cuando escribió este fascinante informe del horror. La obra es póstuma porque Kane se suicidó antes de verla estrenada. Yo creo que es como la narración de un buzo abisal dando noticia de lo que ve desde la escafandra en su paseo por las profundidades del infierno, salvo que el espectador puede ir reconociendo las criaturas que asoman, porque en realidad es el légamo oscuro y denso de tú cerebro .

Leonor Manso, la actriz sentada en la banqueta, no se levanta y prácticamente no mueve las manos. Actúa sólo con la cara, con la voz, con los ojos y sobre todo con la cabeza, claro. No se desgañita, habla en muchos registros hasta crear casi una compañía de teatro en ella misma. Los efectos de luces y sombras completan el asombro de lo que puede llegar a producir una hora de teatro fulminante, valiente e impagable.

PD: Según la charanga incesante de los medios, Pou, Flotats y por ahí, son nuestros genios teatrales. Pues se parecen a lo de esta mujer lo que Bustamante a Nina Simone. Te digo.


Teatro Fernando Fernán Gómez de Madrid hasta el 22 de febrero.


ARM


miércoles, febrero 04, 2009

EL LUCHADOR - Detrás del telón


Se acabaron los 80. Las mallas ajustadas, los teléfono-hamburguesa, los póster de tías en bolas –lo de topless era un cultismo-, los hombres con melenas panten, las guitarras de tres o cuatro mástiles, los combates de la WWE… Los jevis le echan la culpa a Kurt Cobain que en 1991 presentó Smells like teen spirit, la antítesis del paquete de Axel Rose. El VHS pegaba fuerte así que la factoría Spilberg y el resto de Hollywood nos bombardeaba con espectáculos visuales e historias llenas de fantasía mientras los adolescentes colgaban en la pareded fotos de forzudos héroes depilados y con slip (antes no se percibía como un síntoma de homosexualidad). Un teatro que poco a poco ha ido desapareciendo y que en El luchador reaparece desde el backestage, como un vestuario abandonado donde los Sacamantecas podrían estar haciendo ganchillo o leyendo a Shopenhauer. La historia de un luchador en el ocaso de su carrera, una leyenda olvidada interpretada por un Mickey Rourke irreconocible y absolutamente genial, en un papel metafórico de su decadencia: boxeador, adicto y caído en desgracia en los 80. Darren Aranofsky (Pi, Requien por un sueño, La fuente) ha optado por un estilo visual más propio de Gus Van Sant que de su propia filmografía. Parece ser que los productores querían a alguien más mediático como Nicolage Cage pero Aranofsky apostó por Rourke, no sin antes hacerle una lista de unas quinientas prohibiciones en el set de rodaje. Randy “The ram” podría ser cualquier cincuentón jevi con cuatro pelos y claro síndrome de Peter Pan que un día se mira al espejo preguntándose si no debería dejar de una vez el país de nunca jamás, buscar un trabajo basura cualquiera y formar una familia. Las generaciones venideras de eternos adolescentes obsesionados por el físico y las relaciones virtuales también serán un buen calvo de cultivo para historias como ésta.

Pitu

martes, febrero 03, 2009

REVOLUTIONARY ROAD - El Cine


Tenía contraída la deuda con Sam Mendes (siempre que hablamos él me lo recuerda): he sido tan feliz viendo y revisando American Beauty que a pesar del careto de pastelón Di Caprio/Winslet había que ir sin mucha fe y la frente bien alta a ver Revolutionary Road.

Y Mr Mendes ha vuelto a obrar el milagro y viene a recordarme por qué el cine es el arte hegemónico de este siglo que empieza tan mal.

Revolutionary Road es el canon absoluto del mejor cine clásico reivindicando su primogenitura. Una película como ésta te obliga a pensar mucho la conveniencia de romper el molde y de liarse a experimentar y eso (que nos gusta tanto en realidad).

En American Beauty el amigo Mendes había metido un petardito de dinamita en el pavo del día-de-acción-de-gracias de la clase media americana y lo había servido una cheerleader con pétalos de rosa y pompones. Parece ser que no quedó suficientemente a gusto viendo las miserias, los secretos de alcoba y las frustaciones de los ciudadanos-bien del primer mundo esparcidos por las butacas de todo el globo. Quería más sangre. No hay que ser muy sagaz para intuir que Mr Mendes no acaba de estar conforme del todo con el superpromocionado way-of-life yanki y nuestro fondón primer mundo por extensión. Vuelve a hacer bastante pupita y está vez coloca la carga en la mismísima fundación de una familia de clase media americana, en la joven pareja Di Caprio/Winslet.

Claro está que Mendes no es un iluminado espontáneo y pertenece a una abultada lista de epígonos de los USA que no se ven en lo del american dream y que hacen arte mayor con las cenizas de la pira, desde Henry Miller hasta Yates. Revolutionary Road fue la primera novela de Yates, así que el guión carga con el tonelaje propio de los personajes y las vidas de la mejor literatura, lo firma Justin Haythe y tiene toda la pinta de ser el ejercicio anual de estudio en cualquier escuela de cine en adelante.

No tengo muy claro por qué Mendes ha querido mantener la historia en los años cincuenta, quizás para señalar acusador a los abuelos y a la mismísima inauguración de la clase media americana como pecado original de un modo de vida tóxico y demencial. Quizás para intensificar la asfixia de una pareja en tiempos uniformemente conservadores y sin divorcio, pero sin caer en fácil fertichismo vintage o como se diga.

Personalmente me gustan las historias del arrabal, de los mundos periféricos y arrinconados, de los heterodoxos, de los damnificados de la primera clase. Sin embargo es imprescindible la tarea de los yeats, mendes y compañía colocando un espejo delante del espectador y su mundo y obligándonos a celebrar lo que vemos, tanto como a detestarlo. Son los niños impertinentes del patio de casa, que suelen decir verdades a puntapié, pero son los nuestros...

En fin, cuando el maquinón hollywodiense de hacer Cine con mayúsculas se pone al servicio de la inteligencia y los actores se convierten en un caleidoscopio de todos los registros humanos posibles en cada gesto, en cada suspiro, en cada frase y cada uno de los planos transmite la belleza de un Hopper la cosa se va acercando peligrosamente a la rarísima calificación de obra maestra.


PD: Lo de meter un loco, un borracho o un niño en el guión a decir verdades es un trucazo casi ilegal. En este caso el loco, un tal M. Shannon, resulta impagable.


ARM


JESÚS FRANCO - Inclasificable


Señoras, señores:


JESÚS FRANCO











ARM